Hermano, hermano mío,
que alegría verte, te tenía sostenido en la mente,
en el influjo de tu lucha te acompañé día y noche,
hoy afloran estos versos simples, naturales en todas sus formas, profundos, sinceros como lo fueron siempre.
Hace tanto que no te veía, más estabas como tu estás a veces,
tal vez en la ciudad, una parada de bus, en los montes,
verdes árboles revolucionando tu inquietud,
en las quebradas junto a las chilcas, en un país cualquiera pero exacto o en los recodos de tu imaginación
recorriste en mil sueños los caminos de la libertad!
En todas partes te encuentras con tu conciencia de siempre, con tu mutismo enclaustrado, con tu ideal bien concentrado,
con tu guerra interior desatada a la hábil tarea comprometida.
Hermano mío! ahí está el hombre en el silencio,
Qué impotencia siento, sólo pudimos vernos un momento
vuelas más rápido que los pájaros en el azúl del cielo,
extrañándote durante un mudo tiempo, sé que nombrarte
no debo, ni en la hora de mi muerte arrancarme podrían este secreto, porque admiro por sobre todo los valores de la causa,
el acceso a la patria libre de los chilenos.
Somos engendro de la misma semilla, del mutuo sufrimiento,
del temor fundamentado en la reflexión de lo siniestro!
No sé si la próxima vez te veré sonriente en la cúspide de
un pobre barrio de cerro lisonjero, en la avenida de una gran ciudad encarcelada o quizás en un cementerio.
Hermano, que no se canse tu fortaleza, ni tu fuero interno,
en
la lucha por la trancisión estaremos, en el deber de rebelar nuestro
conformista pueblo marcharemos, despertar al que mira yerto, VENCEREMOS!
Ana María Hernández
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